UN SUEÑO HECHO REALIDAD

Trabajo realizado por la Hna. Mona Lisa.
(cuento)

Evaristo Canales era sencillo de espíritu y limpio de corazón.

Su destino, sin embargo, lo marcó desde su niñez con una serie de contrariedades, dificultades y desgracias; las que finalmente terminaron con su espíritu de lucha y de superación. Había tenido educación y trabajo, llegando a desempeñarse en un puesto de responsabilidad en una importante empresa. Pero la muerte de sus dos hijitos, aun pequeños y el consiguiente derrumbe de su matrimonio, marcaron el punto final de esta saga de calamidades que lo atenazaron a lo largo de su vida. Sumido en una profunda depresión, cayó en el alcoholismo, llegando a un estado degradante y sin esperanza. Había tocado fondo.
En sus esporádicos períodos de lucidez, que duraban algunas semanas, trabajaba por aquí y por allá de peón o temporero en algún fundo o establecimiento cercano al pueblo en que vegetaba. Pero luego llegaba el momento en que lo invadía un funesto sentimiento de soledad y amargura, induciéndolo a beber compulsivamente, comenzando un nuevo ciclo de borracheras. Así llegó a convertirse en un auténtico desastre viviente. Era como náufrago que va a la deriva en su balsa, por el proceloso océano, sin fe y sin ilusión alguna.
Una mañana, al clarear el alba, despertó del pesado sueño en que sume el alcohol y vio a un hombre que inclinado junto a él, lo tomaba de un brazo remeciéndolo suavemente para despertarlo. Era un individuo joven, que frisaba los treinta y tres años y usaba bigote y barba. Llevaba un sombrero raído,  del cual se escapaba su cabello bastante largo. Vestía como campesino y se cubría con un poncho gris muy gastado, y le decía: — “¡Amigo! ¡Amigo!, despierte, ya es de día. ¡Póngase de pie y busque un nuevo horizonte! La vida tiene muchas oportunidades. Dios existe y es misericordioso. Crea en Él y no recuerde más su desdicha, sino que preocúpese del bienestar de sus prójimos. Dios todo lo ve y Él le dará fuerzas”.
Evaristo todavía permanecía tirado de bruces a la vera del camino y vio como ese hombre  de rostro agradable, de voz varonil y suave, se había erguido y comenzaba a alejarse. Se frotó los ojos, creyendo que soñaba y al mirar nuevamente hacia el camino, vio que el hombre ya no estaba. ¡Había desaparecido! Un sentimiento indescriptible se apoderó de su alma. Era algo que nunca había experimentado. Se puso trabajosamente en pie y reflexionó: — Me iré de aquí. Buscaré nuevos caminos, como me dijo el desconocido —. Registró sus bolsillos. Todavía tenía un resto de su último salario como temporero. Fue a tomar un café cargado a una fonda cercana. Luego se dirigió al arroyo próximo, lavó su ropa y se bañó. Tomó desayuno en la misma fonda y salió del pueblo. Emprendió su viaje sin rumbo ni destino y solo con el afán de alejarse de esos lugares que le traían tan funestos recuerdos.
Era una radiante mañana de primavera. Se había alejado del camino real y caminaba por un sendero que serpenteaba por entre los árboles. Su ropa, aunque ahora limpia, estaba tan gastada como su alma. Cubría su cabeza con un sombrero viejo y deslucido, que había conocido mejores tiempos. De sus zapatos mejor ni hablar. Pero … ¡Ah! por primera vez era capaz de observar la belleza  de la Naturaleza y eso lo reconfortó. Se sintió renovado al caminar entre los árboles. Era como si se hubiera quitado un gran peso de sus espaldas.
Evaristo era un hombre aún joven. El sol le daba en la cara tostada y surcada de prematuras arrugas, cuales surcos donde estaban sembrados todos sus sufrimientos. Su rostro demacrado y macilento, era ligeramente alargado, pero agradable. Los pómulos sobresalían debido a la delgadez causada por la mala alimentación derivada de su alcoholismo. Pero en ese rostro de campesino sufrido, ensombrecido aún por la tristeza, había algo que atraía la atención. Eran los ojos de Evaristo. Eran unos ojos de mirada pura y límpida, con un dejo de inocencia. Brillantes y verdosos, donde la vida que bullía en su ser, mostraba que ahora no se dejaría vencer por la adversidad, a pesar de todo. Era como si su espíritu, hablando a través de sus ojos, dijera: — Yo soy invencible, porque ahora creo en Dios y perseveraré aunque mi cuerpo se haya derrumbado. Ahora me he levantado y lucharé.
Con estos pensamientos caminaba por el bosque chileno y ahora había una alegría en su corazón. Quería luchar, empezar de nuevo. Ese desconocido, al hablarle de Dios, le había infundido en su espíritu una fuerza nueva. Con estos sentimientos siguió caminando sin prisa, admirando el paisaje que se desplegaba a su alrededor. Se había alejado de todo poblado y seguía avanzando por el sendero del bosque nativo.
Se detuvo un momento a la sombra de una Patagua, cubierta de numerosas flores blancas y  sentándose junto a su tronco, desató el atadito donde llevaba una botella llena de agua y una tortilla de rescoldo y bebió y comió, mientras contemplaba absorto el paisaje. Ahí estaban los frondoso Coihues con sus grises troncos, los altos Algarrobos y los Lingues, con sus gruesas cortezas de apariencia resquebrajada. Observó a todos los árboles del bosque poblados por infinidad de pequeños pajaritos, que alborozados y llenos de la vida que exultaba de sus diminutos cuerpecillos, saltando y revoloteando se rama en rama, saludaban con sus armoniosos gorjeos a la mañana gloriosa.
Ahí estaban los jilgueros y las diucas con sus dulces trinos, los fíos, las tortolitas con su canto prolongado que tiene un dejo lastimero; los diminutos chercanes, el silbido de los picaflores, los zorzales. Todos juntos producían una algarabía que era un himno a la Naturaleza y a la Vida; mientras en el azul del cielo planeaban los tiuques con su característico canto: —tiu,tiu,tiu —, que fue contestado por los queltehues, que luego se posaron en bandada sobre el prado ya florido, por donde vio pasar un grupo de codornices en fila india y en rápida carera, antes de perderse entre la maleza.
Evaristo sentía ahora su corazón henchido de gozo ante la belleza del campo chileno.
Se decía: —¿Cómo no vi esto antes? ¿Estaba ciego acaso? Sí, el desconocido tenía razón, Dios existe y Es Él quien ha creado esta hermosura. En verdad, yo antes vivía ensimismado, encerrado en mí mismo, rindiendo culto a mi frustración. Ahora soy capaz de ver fuera de mí. Soy capaz de observar la perfección y belleza de la Naturaleza y me preocuparé de mis prójimos…¿Quién será ese desconocido?¿Un Ángel quizá? ¿Cómo desapareció? En estas cavilaciones, sin darse cuenta se quedó profundamente dormido.
Al despertar era otro hombre. Ya caía la tarde. Se levantó prestamente y echó a caminar, ahora con paso vivo tratando de encontrar un albergue antes que cerrara la noche. Entonces al salir del bosque, vio en las cercanías algunos cerros cubiertos de verdor que tomaban ya un tinte violáceo con los rayos del sol poniente. Había un caserío próximo y hacia allí encaminó sus pasos. Eran viviendas muy modestas y no se veía un alma por los contornos. Fue hacia una casa donde a la puerta había un viejo sentado pitando un cigarrito. Era una vivienda antigua y desvencijada, a tono con su dueño. Evaristo se acerco respetuosamente al anciano, con el sombrero en la mano y dijo: — Buenas tardes caballero, ¿Cómo se llama este pueblo?
— Buenas tardes. Se llama “El Confín”, pu’iñor.
—¿Cómo es este lugar para vivir?
—Aquí no hay ningún futuro, amigo… pero pase pa’entro y conversemos…
Entraron y el viejo le indicó un pisito con asiento de totora en el cual se sentó. Prestamente una viejecilla arrugadita le preparó un mate y se lo sirvió junto a un pedazo de pan amasado.
— Está cebado con yerba buena y poleo caballero,— dijo la ancianita, que era pequeña como su mundo.
—Gracias señora, — dijo Evaristo, y dando un buen mordisco al aromático pan recién horneado, dio sendas chupadas al mate caliente y reconfortante. Sintió como el alma le volvía al cuerpo. Dirigiéndose al viejo dijo: ¿Por qué dice usted que no hay porvenir aquí?
El viejo replicó:—Estamos alejados de todo aquí, contimás que no hay agua potable ni de río. Cada quince días viene un camión aljibe, pero apenas es suficiente. Todos se van a trabajar lejos en el día y vuelven en la noche.
Evaristo le preguntó: —¿Cómo se llama usted, amigo?
—Me’icen Patipí, porque cuando joven fui muy patiperro. Fui marinero y navegué por el mundo, y ya ve usted como vine a echar el ancla aquí. Son cosas de la vida, pus amigo… ¿y usted como se llama?
—Evaristo Canales, para servirlo, amigo. ¿puedo alojarme aquí?
—Claro pu’inor, esta es su casa. Pobre será, pero con buena voluntad.
—Gracias, don Patipí, Dios se lo pague.
El viejo acomodó en un rincón un montón de paja, echando encima una frazada toda tirillenta. Evaristo dio las gracias y buenas noches a sus anfitriones, se acomodó como pudo en su improvisado lecho y poniendo su chaqueta hecha un rollo como almohada, esta vez se durmió sano y bueno y con la sonrisa en los labios.
Esa noche volvió a soñar con el desconocido. Era el mismo rostro agradable y sereno y que le decía: — Evaristo, recuerda, debes luchar y preocúpate de los problemas de tus prójimos. Busca el agua aquí…Y Evaristo se vio buscando y encontrando agua en el pueblo… entonces despertó.
Al amanecer, tenía una idea fija en su mente. Debía buscar agua. Recordó las conversaciones con los viejos campesinos en la hora de la merienda, en los trabajos de temporero, cuando relataban los pormenores de la búsqueda de agua según métodos ancestrales y decidió aplicar esas ideas ahora. Se levantó y salió a recorrer los alrededores. Encontró un lugar adecuado para cavar un pozo. En la noche se reunió con el vecindario y les propuso la idea. Todos aceptaron cooperar y se pusieron a cavar. A los pocos días encontraron agua. ¡Alegría general! Se hicieron planes para construir el pozo y aprovechar el agua para el progreso del caserío. Quisieron que Evaristo se quedara a vivir con ellos, pero él les dijo que tenía que seguir su viaje.
Una mañana al alba, sin despedirse de nadie, salió caminando del pueblo en busca de nuevos rumbos. Ahora un gallo cantó a lo lejos a sus espaldas, dándole una solitaria despedida.
Se había cumplido su sueño y había dejado el bienestar y el progreso para un grupo de familias…sus hermanos. ¡Dios existe!
Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Sus ojos brillaron.
Evaristo Canales era feliz.
Mona Lisa.
Mayo 2016.

“Gloria al Divino Padre Creador en las alturas y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad.”
Madrecita Laura Antonia

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